Lectio divina 10 / Junio 2020

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD - A
(Juan 3,16-18)

1. A la escucha de la Palabra

(16) Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
(17) Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
(18) El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Crea en ti un silencio profundo para escuchar tu voz en los textos, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Que la Palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de la resurrección y testimoniar a los otros que tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Dios no quiere que sus hijos perezcan, "sino que tengan vida para siempre".

2. La Palabra se ilumina

Nicodemo era un doctor que pretendía conocer las 'cosas' de Dios. Observaba a Jesús con el libro de la Ley de Moisés en la mano, para ver si concordaba con la novedad anunciada por Jesús. En la conversación, Jesús hace entender a Nicodemo (y a todos nosotros) que el única forma posible para entender las cosas de Dios es ¡naciendo de nuevo! También hoy sucede lo mismo. Muchas veces somos como Nicodemo: aceptamos solo lo que está de acuerdo con nuestras ideas. El resto lo rechazamos considerándolo contrario a la tradición, a lo que se lleva... Pero no todos son así. Hay personas que se dejan sorprender por los hechos y no tienen miedo de decir: "¡Tengo que nacer de nuevo!".

Cuando el evangelista Juan recoge estas palabras de Jesús, tiene delante de los ojos la situación de las comunidades de finales de siglo. Escribe para ellas. Las dudas de Nicodemo eran también las dudas de aquellas comunidades. Y del mismo modo, la respuesta de Jesús es también una respuesta para aquellas comunidades que estaban desarrollando su fe. Muy probablemente, la conversación entre Jesús y Nicodemo formaba parte de la catequesis bautismal. En el texto se dice que las personas deben renacer por el agua y por el Espíritu (Jn 3,6). No podemos olvidar pasajes que son esenciales en Juan: "Como el Padre me amó, yo también os he amado" (Jn 15,9). "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12). "Él ha dado su vida por nosotros; por tanto también nosotros debemos dar la vida por los hermanos"(1 Jn 2,6).


3. La Palabra salva nuestras vidas

→ ¿Cómo vivir ante el Padre?
Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno; nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último.
En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues solo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.

→ ¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado?
Es seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad; vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.
Por otro lado, es colaborar en el proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

→ ¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo?
Presupone vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.
Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

Dios es lo más opuesto al individualismo, al egoísmo. Dios es una familia, un grupo, una comunidad. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Materno. Su misterio no es una imposibilidad numérica: que tres sea igual a uno. Su misterio es comunión y comunicación de vida. Y si el misterio de Dios es el amor, solo el amor es la respuesta. Nuestro Dios es un Dios que se triplica en el amor: que nos ama, al mismo tiempo, tres veces.

 

4. Rezamos a la luz de la Palabra (Salmo 63: "Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo")...

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que tu Palabra nos ha hecho ver. Haznos conocer que tu secreto es el amor: amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias, Dios Padre, por hacernos partícipes de tu secreto. Gracias, Dios Hijo, por hacernos miembros de tu misma familia. Gracias, Dios Espíritu Santo, por hacernos partícipes de tu misma vida. Que nosotros como María, la Madre de Jesús, podamos no solo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

admaonline

caritas_parroquial

Suscripción Boletines

Acceso privado