Lectio divina 8 / Abril, 2020

DOMINGO DE RAMOS - A

(Mateo 26,14-27,66)

 

1. A la escucha de la Palabra

(Convendría la lectura pausada de toda la Pasión según san Mateo. Se ofrecen algunos versículos significativos).

[...] 55¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis. 56 Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas [...]. 65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. 66 ¿Qué decidís? Y ellos contestaron: Es reo de muerte [...].

11 Jesús fue llevado ante el gobernador... y Pilatos les preguntó [...]: 22 ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron todos: Que lo crucifiquen [...]. 24 Al ver Pilatos que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo: Soy inocente de esta sangre [...]. 33 Llegaron al lugar llamado Gólgota donde lo crucificaron [...]. 50 Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu [...]. 54 El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: Realmente este era Hijo de Dios [...].

Crea en ti un silencio profundo para escuchar la voz de Dios en los textos, en los acontecimientos y en las personas, especialmente en los pobres y en los que sufren. Tú sigues vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de esperanza, aunque hoy el COVID-19 llene nuestras casas y familias de angustia y de muerte. Una vez más, la cruz será fuente de vida y resurrección.

2. La Palabra se ilumina

Durante la lectura de la Pasión de Jesús, conviene estar en silencio. Leer diversas veces el texto para sentir y experimentar de nuevo el amor de Dios que se revela en los comportamientos de Jesús ante quienes lo prenden, insultan, torturan y crucifican. En el curso de la lectura, no pensemos solo en Jesús, sino también en los millones y millones de seres humanos que hoy están enfermos, angustiados, sin esperanza.

Estamos frente al misterio más profundo de nuestra fe, frente a la suprema revelación del amor de Dios, que se ha manifestado en Jesús (Rom 8,38-39).

En el AT, en época de crisis, el pueblo releía el Éxodo. En el NT volvemos al éxodo representado en la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús. Para las comunidades cristianas de todos los tiempos, la narración de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús es la fuente para renovar la fe, la esperanza y el amor (Mt 5,17).

3. La Palabra salva nuestras vidas

La muerte de Jesús

En la obscuridad del mediodía, Jesús, colgado de la cruz, privado de todo, lanza su lamento: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" (Sal 21,1). Jesús entra en la muerte rezando, expresando el abandono que siente. Está completamente solo. Judas lo traicionó, Pedro lo negó, los discípulos huyeron, las amigas están muy alejadas (Mt 26,55), las autoridades le escarnecen, los que pasan le insultan. Hasta Dios mismo parece que lo abandona. Este ha sido el precio de su fidelidad por seguir siempre el camino del amor, el camino del servicio: "El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate de muchos" (Mt 20,28). Jesús muere lanzando el grito de los 'pobres'; sabe que Dios oye el clamor de los pobres (Ex 2,24).

La resurrección es la respuesta de Dios a la oración y al ofrecimiento que Jesús hace de su vida. Con la resurrección de Jesús, el Padre anuncia al mundo entero esta Buena Noticia: Quien vive la vida como Jesús sirviendo a sus hermanos, vivirá para siempre, aunque muera... y ¡aunque lo maten! ¡Esta es la Buena Noticia que nace de la Cruz!

El significado de la muerte de Jesús

Contemplamos a un ser humano torturado y excluido de la sociedad, completamente solo, condenado como herético y subversivo por el tribunal civil, militar y religioso. A los pies de la cruz, las autoridades religiosas confirman que se trata verdaderamente de un rebelde que ha fallado y engañado al pueblo (Mt 27,41-43). Ahora la identidad de Jesús viene revelada por un pagano: "¡Verdaderamente este era Hijo de Dios!" (Mt 27,54). Desde este momento, si tú quieres encontrar al Hijo de Dios no lo busques en lo alto, ni en el lejano cielo, ni en el Templo cuyo velo se rasgó, búscalo junto a ti, en el ser humano excluido, desfigurado, sin belleza. Búscalo en aquellos que, como Jesús, dan la vida por sus hermanos. Es allí donde se encuentra la imagen desfigurada de Dios, del Hijo de Dios, de los hijos de Dios. "¡No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos!" (Jn 15,13).

Invitados a cargar con la cruz

Los evangelios han conservado una llamada realista de Jesús a sus seguidores: "Si alguno quiere venir detrás de mí, cargue con su cruz y me siga" (Mt 16,24). Jesús no engaña; quien le sigue tiene que compartir su destino.

Pero seguir a Jesús es una tarea apasionante. Es difícil imaginar una vida más digna y noble; pero tiene un precio. Seguir a Jesús conlleva el 'hacer': hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio, lo que no está exento de "padecer".

"Creo que ser cristiano es la tarea más sencilla, más simple y, a la vez, la pesada "carga ligera" de que habla el Evangelio. Cuando uno carga con ella, ella carga con uno; y cuanto más tiempo viva uno, tanto más pesada y más ligera llegará a ser. Al final, solo queda el misterio: el misterio de Jesús" (K Rahner).

4. Rezamos a la luz de la Palabra

(Salmo 21: "¡Dios mío...! ¿Por qué me has abandonado?"

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no solo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

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