Día 2 - Novena María Auxiliadora

El retrato espiritual de María según los Evangelios.

El primer paso para madurar nuestra devoción a María es necesariamente acercarnos al Nuevo Testamento para leer en él el testimonio que nos dejaron de la madre de Jesús.

Se debe decir inmediatamente que del mismo Jesús histórico sabemos bien poco, pues los evangelios no pretenden ser una biografía sino una historia que testimonia que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, escrita por quienes le amaron, creyeron en él y le siguieron. Escribieron incluso para que quienes ya creían en él le conocieran mejor, le amaran más y le siguieran con mayor radicalidad, y para que quienes no lo conocían llegaran a creer que Jesús es el Hijo de Dios y creyendo en él pudieran tener vida en su nombre (Cf. Mc 1, 1 y Jn 20, 31).

Nada extraño, por consiguiente, que de María sepamos aún menos. Basta pensar que la Madre de Jesús es citada sólo 19 veces en los 27 libros que forman el Nuevo Testamento. Podríamos reunir los pasajes que se refieren a ella en tres grupos:

1. Evangelios de la infancia:
    • Mateo 1-2, que nos presenta la concepción virginal de Jesús, la visita de los magos, la huida a Egipto, el regreso y la residencia en Nazaret.
     Lucas 1-2, que nos relata la anunciación del ángel a María, la visitación a Isabel, el nacimiento de Jesús, la presentación de Jesús en el templo, y la escena de Jesús entre los doctores de la ley.

2. El evangelio de Juan:
     Las bodas de Caná (Jn 2, 1-12).
     María junto a la cruz (Jn 19, 25-27).

3. Otros textos:
     Gálatas 4,4: Jesús nacido de mujer.
     Mc 3, 20-21. 31-35: Los parientes de Jesús y su verdadera familia.
     Lc 11, 27-28: La verdadera bienaventuranza de María.
     Hechos de los Apóstoles 1, 12-14: El grupo de los apóstoles

Este cuadro sintético de los pocos textos en que aparece María nos da lugar a unas primeras observaciones que me parece importante e interesante poner de relieve.

 

a) Sorprende que Pablo, el primer escritor del nuevo testamento, no mencione a María nunca por su nombre y que la única vez que se refiere a ella, en el texto de Gálatas, lo haga indirectamente sólo para hablar de la profunda solidaridad de Jesús con la humanidad. Se esperaría que por ser el testimonio literario más cercano a los acontecimientos Pablo nos hablara de ella.

b) Llama asimismo la atención el que Marcos, el primer evangelio escrito que tenemos, tampoco nos narre los 'relatos de la infancia' que ponen a María un poco más en el escenario de Jesús. Más aún, cuando habla de María, Marcos la presenta en un contexto que no deja de resultar escandaloso porque revela la dificultad de comprender a Jesús por parte de sus mismos parientes, que consideraban que se habría vuelto loco, y el consiguiente esfuerzo por retenerlo en casa.

c) Resulta igualmente incomprensible que Mateo y Lucas, que son los únicos que han precedido el relato evangélico con los "evangelios de la infancia", no sólo no concuerden en los datos que escriben, en los pasajes que narran, sino que parezcan representar dos tradiciones diversas: Mateo más centrado en la figura de José, y Lucas más enfocado en la de María.

d) Más significativo resulta el hecho que sean los dos últimos evangelistas (Lucas y Juan) los que presentan más positivamente a María, a quien ambos consideran como Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.

 

Detrás de estos relieves, aparentemente insignificantes, habría que descubrir elementos que son más determinantes.

En primer lugar, no debe extrañar que María aparezca tan pocas veces (hoy se está apareciendo y hablando más que en todo lo que de ella nos testimonian los evangelios), y que en ninguno de los pasajes sea ella el sujeto del texto, pues María está en función de Jesús. Esto significa que sin Jesús María no se entiende y que, al mismo tiempo, María conduce a Jesús: "Haced lo que Él os diga". Esta es una ley cristiana que no podemos olvidar dentro de la devoción a María. Nuestra relación espiritual y religiosa con ella es auténtica si nos lleva hasta su Hijo, en el cual está la salvación.

En segundo lugar, tampoco habría que maravillarse de que sean los últimos autores de los evangelios (Lucas y Juan) los que mejor nos describan a María. Esto es señal del proceso de profundización del misterio cristiano hecho por la Iglesia. Forma parte natural del proceso el que a medida que se fuera comprendiendo con mayor claridad el misterio de Jesús se descubriera y se valorara cada vez más también a María. Esta es otra ley cristiana que hay tener presente: la madurez de nuestra fe en Cristo conduce al descubrimiento de María.

La Iglesia recorrió un camino de comprensión cuando reconoció a Jesús como hijo de Dios con poder en virtud de su resurrección (Rom 1, 3), tal como lo cantan ya algunos salmos cuando subía al trono el rey de Israel: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" (Sal 2,7). Posteriormente el evangelio de Marcos anticipará este reconocimiento de la filiación divina de Jesús al momento del bautismo cuando "saliendo del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu descender sobre él como una paloma, al tiempo que se escuchaba una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo predilecto, en ti he puesto mis complacencias", tal como Isaías presenta la vocación del Siervo de Yahvé (42, 1). Mateo y Lucas confesarán que ya desde su nacimiento Jesús es Hijo de Dios porque fue concebido por la fuerza del Espíritu. Así se lo hace saber el Ángel del Señor a José que estaba a punto de repudiar a María al descubrir que estaba ya encinta: "José, hijo de David, no temas tomar por esposa a María, porque lo engendrado en ella procede del Espíritu Santo" (Mt 1, 20). Así se lo anuncia el Ángel Gabriel a María, ya en ese tiempo prometida a José: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Mira que concebirás un hijo, lo darás a luz y lo llamarás Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo...El Espíritu Santo descenderá sobre ti, te cubrirá con su sombra, y el que nacerá será santo y llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 30-31.35). Finalmente San Juan nos revelará que Jesús de Nazaret, el hijo de María, es la encarnación de la Palabra de Dios, de quien es Hijo de Dios desde la eternidad. "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios... Y la Palabra se hizo hombre y vino a habitar en medio de nosotros" (Jn 1, 1.14).

Este camino de profundización teológica sobre la identidad profunda de Jesús explica, por una parte, el que María no sea apenas tomada en cuenta en los primeros escritos del nuevo testamento, y, por otra, el que su revalorización esté unida al mejor conocimiento de Jesús.

En tercer lugar, es ejemplar la manera en que nos presentan a María quienes mejor han entendido su misión dentro de la historia de la salvación. Lucas y Juan engrandecen a María no tanto exaltando las gracias con que Dios la ha privilegiado cuanto poniendo de relieve las virtudes que supo vivir: su fe, la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios en su vida en favor de los demás, su atención a los necesitados. Esta es también una ley cristiana: la autenticidad de nuestra devoción a María pasa más por la imitación que por la admiración.

En cuarto lugar, no tendría que escandalizarnos la forma en que María aparece en el evangelio de Marcos. Casi habría que decir que históricamente María tuvo una evolución, un desarrollo espiritual. Recorrió un largo camino de fe y de confianza en el Dios Salvador, que la había ubicado en el centro de un misterio que ella no entendía, como explícita y repetidamente lo atestigua Lucas, primero en el relato de la anunciación : "María quedó turbada y se preguntaba qué significaba tal saludo" (1, 29), luego en el del nacimiento de Jesús: "María, por su parte, conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (2, 19), posteriormente en el del reencuentro con Jesús en el templo en medio de los doctores: "Ellos (María y José) no entendieron sus palabras" (2, 50), y finalmente en el sumario que sintetiza el proceso de maduración humana y religiosa de Jesús en la casa de Nazaret: "Su madre conservaba todas estas cosas en el corazón" (2, 51). Aquí tenemos igualmente otra ley cristiana, la de la fe entendida como un proceso de maduración y crecimiento que nos permite entregarnos de lleno al proyecto de Dios. Al parecer el camino de fe de María se mueve entre dos polos bien seguros: la dificultad de entender la misión de su hijo (Mc 3,21) y su fe en su propio hijo (Hech 1, 14) que nos la hace ver formando parte de la comunidad cristiana que confesaba a Jesucristo, el Resucitado, como Señor y Mesías. Pareciera que Jesús mismo tomara distancia de ella para hacerla recorrer el camino de fe en Él. Pareciera como si pedagógicamente la perdiera como madre para ganarla como creyente y madre de creyentes: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y volviendo la mirada a los que estaban alrededor, dijo: «He aquí a mi madre y a mis hermanos!. Quien cumple la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre»" (Mc 3, 33-35). Es hermoso saber que podemos ser familiares de Jesús, como lo fue María. Esa fue su grandeza: haber sido una peregrina de la fe.

 

Peregrina de la fe

Comenzamos esta reflexión mariana recordando a Pablo VI y la Exhortación Apostólica " El Culto Mariano". Ella nos conduce a recordar algunos de los pasajes de la encíclica "La Madre del Redentor" en que Juan Pablo II la presenta como peregrina de la fe.

A partir de la Anunciación, comienza para María "la aventura de la fe": su existencia entera se ha visto transformada por la invitación de Dios a colaborar en su plan de salvar a todos los hombres, por medio del Hijo que ha concebido en su seno virginal, Jesús, y responde "con todo su 'yo' humano, femenino" (Redemptoris Mater, 13). El evangelio – como ya lo hemos dicho antes – subraya el crecimiento de María en la comprensión de dicho plan salvífico de Dios, incluso en varias ocasiones se dice que no entendió inmediatamente lo que pasaba (Lc. 2, 19), o lo que se le decía (Lc 2, 33; 2, 51). Por ello guardaba todas estas cosas en su corazón, meditándolo. No es posible crecer en la fe sin esta actitud de profundidad espiritual, de la cual María es el más hermoso ejemplo.

Más aún, podríamos decir que quien más ayudó a María a madurar en la fe es... su mismo Hijo Jesús, quien la invitó a recorrer un camino que va, de la maternidad puramente física, a la plenitud de lo que ya se encuentra en el mismo punto de partida: la maternidad en la fe.

Desde esta perspectiva, se pueden contemplar los pasajes en que aparece posteriormente la Madre de Jesús. El santo padre Juan Pablo II acentúa este proceso. Respecto al primero de esos textos evangélicos, el hallazgo de Jesús adolescente en el Templo, escribe el Papa: "Aun aquella, a la cual había sido revelado más profundamente el misterio de su filiación divina, su madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe. Hallándose al lado del Hijo, bajo un mismo techo y manteniendo fielmente la unión con Él, avanzaba en la peregrinación de la fe... y así sucedió a lo largo de la vida pública de Cristo, donde, día tras día, se cumplía en ella la bendición pronunciada por Isabel" (Redemptoris Mater, 17).

A propósito de las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11), el Santo Padre insiste: "En aquel hecho se delinea ya con bastante claridad la nueva dimensión, el nuevo sentido de la maternidad de María... Jesús intenta contraponer la maternidad, resultante del hecho mismo del nacimiento, a lo que esta 'maternidad' debe ser en la dimensión del Reino de Dios" (RM 21).

En este mismo sentido, hay que entender los pasajes en que pareciera que Jesús menosprecia a su madre, y que más bien tienen la intención de subrayar este proceso de su fe. En Lc 8, 19-21, cuando le informan a Jesús: "Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte", responde: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen". Comenta Juan Pablo II: "¿Se aleja con esto de la que ha sido su madre según la carne?... Se debe constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta, de la que Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a María de modo especialísimo. ¿No es tal vez María la primera entre «aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen»?" (RM 20).

Asimismo, cuando una mujer del pueblo queriendo elogiarlo grita: "¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!", responde Jesús: "Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 27). La encíclica comenta: "A la bendición proclamada por aquella mujer respecto a su madre según la carne, Jesús ... quiere quitar la atención de la maternidad entendida sólo como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia de la Palabra de Dios" (RM, 20).

Pero sobre todo es en la escena de la cruz, tal como la presenta San Juan (Jn 19, 25-27), donde Jesús asocia a su Madre María en su radical vaciamiento ("kénosis"). Es en el despojarse totalmente de su maternidad física respecto a Jesús como se convierte en Madre del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia: ya que todo cristiano es, en cuanto 'discípulo amado' del Señor, "hijo de María" (Orígenes).

El culmen de esta maternidad mesiánica en y por la fe lo encontramos en el último pasaje bíblico que habla de María: el libro de Hechos, al presentar a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, a la espera del Espíritu Santo, nos dice que "todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos" (Hech 1, 14). María está presente al origen de la Iglesia, como estuvo presente en la encarnación del Hijo de Dios de manera especialísima, única. "En la economía de la gracia... se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el Cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del 'nacimiento del Espíritu'. Así, la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace – por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo – presente en el misterio de la Iglesia" (RM, 24).

 Don Pascual Chávez Villanueva, SDB