Día 3 - Novena María Auxiliadora

María en la Anunciación

El modelo de fe en María según los evangelios de Lucas y de Juan.

"Confirmando la fe de nuestro pueblo queremos proclamar que la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, es la primera redimida y la primera creyente. María, mujer de fe, ha sido plenamente evangelizada, y es la más perfecta discípula y evangelizadora (Cf. Jn. 2, 1-12). Es el modelo de todos los discípulos y evangelizadores por su testimonio de oración, de escucha de la palabra de Dios, y de pronta y fiel disponibilidad al servicio del Reino, hasta la cruz... Nos ha precedido en la peregrinación de la fe y en el camino hacia la gloria... Con gozo y gratitud acogemos el don inmenso de su maternidad, de su ternura y protección, y aspiramos a amarla del mismo modo en que Jesús la amó..." (SD 15). Esta preciosa y apretada síntesis mariana del Documento de Santo Domingo nos sirve como introducción a esta parte en la que queremos acercarnos con curiosidad y cariño filial a las páginas de los evangelios que nos narran momentos importantes de la historia de María. Queremos ver cómo los vivió y cómo nos enseña a reaccionar en cristiano ante situaciones semejantes. Así María realiza su misión de ser madre y modelo de creyentes, para hacer también de nosotros discípulos de su Hijo e hijos de Dios.

La Imagen de María en el Evangelio de Lucas:

    - María en la Anunciación (Lc 1, 26-38)

Hay que comenzar afirmando que la vida humana, toda vida humana, es una vocación. Y por eso delante de toda existencia humana hay una misión. Es motivador creer que Dios tiene un proyecto para cada hombre y mujer, proyecto que va revelando progresivamente. La vida transcurre así entre llamados que recibimos y respuestas que vamos dando. Casi diría que nos sentimos interpelados por todo y por todos. Entender la vida como vocación o como misión significa que el llamado no es un acontecimiento aislado sino más bien un diálogo amoroso a continuar durante todos los días de nuestro peregrinar por este mundo.

El relato de la anunciación de María nos dice que en toda vida hay, sin embargo, una anunciación para algo totalmente nuevo a lo que somos invitados. Un buen día percibimos con claridad que Dios ha pensado en nosotros y quiere contar con nosotros para realizar su salvación. Lo único que exige es capacidad de acogida de esa propuesta divina, y una respuesta amorosa y generosa, sabiendo en Quien hemos puesto nuestra confianza, y ponernos en camino.

Es normal que ante una intervención de Dios en nuestras vidas sintamos temor de que venga a cambiar nuestros proyectos personales y, en cierto sentido, a complicarnos un poco la existencia. Es entonces cuando hay que tener la audacia y la humildad de cambiar los propios proyectos y aprender a dejarse conducir por el Espíritu.

Lucas traza la intervención de Dios en la vida de María, como suele hacerlo, con maestría literaria y teológica. La anunciación es al mismo tiempo un relato vocacional. En cuanto vocación tiene como centro la preocupación de Dios por salvar y buscar colaboradores de su plan de salvación, con todo lo que implica de espacio de libertad. María es la destinataria de esta iniciativa y puede responder con un "sí" o con un "no". El diálogo deja ver que ella tiene ya planes de hecho para casarse con José y organizar la vida en matrimonio con él, como lo haría toda mujer judía. En cuanto anunciación gira entorno al anuncio del ángel de la voluntad de Dios de intervenir en la historia enviando a su Hijo al mundo. Lo importante es aquí la identidad de este que va a nacer y la misión que va a realizar.

María no oculta su sorpresa ni su incomprensión. Esto da lugar para que el Ángel le explique cuál sería su misión: convertirse en la madre del hijo de Dios, darle "carne" a la Palabra para que pueda hacerse hombre y poner su tienda entre nosotros (cf. Jn 1, 14). La vocación trae consigo siempre una misión. Más aún, si Dios llama es porque está pensando en salvar a su pueblo y está buscando, por tanto, mediadores de su salvación.

Tanto la vocación, el solo hecho de ser llamada, el solo hecho de que Dios haya pensado en ella, como la misión que se le encomienda, y para la cual no se siente preparada, conduce a María a exponer su objeción: "¿Cómo es posible esto, si no conozco varón?". Aun cuando dicha objeción es un recurso literario que aparece en todos los relatos de vocación, deja en claro que quien se siente llamado por Dios nunca se siente a la altura de las exigencias. De allí el que todos los llamados, sin excepción, digan como Abraham ante el anuncio de que sería padre de una familia numerosa como las estrellas del cielo: "¿Acaso un hombre de cien años puede tener un hijo? Y Sara, a la edad de noventa años podrá dar a luz?" (Gen 17, 17), o como Moisés al ser enviado a Faraón para liberar a Israel: "Mira que soy tartamudo, ¿cómo crees que me escuchará el Faraón?" (Ex 6, 29), o como Isaías al recibir la vocación de proclamar la santidad de Dios a un pueblo pecador: "Ay de mí. Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros" (6, 5), o como Jeremías llamado a provocar con la fuerza de su mensaje la caída de Jerusalén y el surgimiento de algo nuevo: "Señor Dios, mira que no sé hablar, porque soy joven" (1, 6).

Es precisamente este reconocimiento de nuestra insuficiencia natural para las exigencias y las encomiendas de Dios, este sentirnos superados con mucho en nuestras propias posibilidades delante de las expectativas divinas, lo que hace posible que Dios acuda en nuestra ayuda equipándonos con los dones necesarios para realizar la misión confiada. A María le promete que el Espíritu Santo descenderá sobre ella y la cubrirá con su sombra. Esto dejará en evidencia que, mejor dicho que nunca, el hijo que le nacerá a María será el hijo de Dios, que la salvación es de Dios. Así nuestra vida se vuelve necesariamente 'carismática', en el sentido de que no es meramente natural sino que es el Espíritu que hace en nosotros posible lo imposible.

Es – siempre según el texto de Lucas – la misma presencia del Espíritu prometido en María quien le abre a la propuesta de Dios y María la acoge con una apertura ilimitada, poniéndose incondicionalmente y sin reservas a la voluntad de Dios: "He aquí la sierva del Señor. Haga en mí según su Palabra".

La anunciación de María nos ofrece las actitudes a cultivar para saber escuchar y responder a Dios que no cesa de hablarnos y llamarnos. Se pondrían sintetizar en tres grandes actitudes:

• La búsqueda del plan de Dios en la propia vida, sabiendo que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y que nos lo va revelando en la medida que nos preguntamos qué es lo que Él quiere de nosotros en favor de los demás. La palabra de Dios, su anunciación, llegará a través de acontecimientos, de personas, y de la Escritura. De aquí la necesidad de convertirnos en oyentes atentos de la Palabra y en lectores creyentes de la historia. En este sentido me parece muy elocuente el ver representada a María en muchos de los cuadros de la anunciación con la Sagrada Escritura entre sus manos o sobre sus rodillas, meditándola, casi como si la quisiera acoger en sus entrañas. María nos enseña en primer lugar a estar atentos: "Ella discurría – dice el evangelio – qué significaría semejante saludo".

 La aceptación de la voluntad de Dios como proyecto de vida, reconociendo que el proyecto de Dios será siempre mejor que el nuestro. Abrirse a Dios significa admitir la propia situación de criatura, limitada, propensa a fabricar ídolos y dioses a la propia medida. Admitir a Dios en nuestra propia vida implica reconocer su señorío, no depender de ningún Otro, no tener otras primacías en nuestra vida, identificarnos de tal modo con su voluntad hasta hacerla verdaderamente nuestra. No se puede ser verdadero creyente y pretender disponer de Dios, querer que sea más bien Él quien haga nuestra voluntad y cumpla nuestros deseos. María nos enseña en segundo lugar a creer en Dios, a fiarnos de Él, a darle cabida en nuestra existencia como Alguien que se ama porque nos ha amado primero, porque ha pensado en nosotros. "He aquí la sierva del Señor. Haga en mí su proyecto".

 La docilidad al Espíritu de Dios, que hace posible en nosotros lo imposible. El relato nos dice que por la fuerza de Dios, que es el mismo Espíritu Santo, María pudo ser Madre de Dios. Es la docilidad al Espíritu la que hace fecunda a María virgen. Lo demuestra el hecho de que al visitar a Isabel, ésta responda al saludo de María "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". La vivencia profunda de esta energía divina permite a María sentirse libre para poder disponer de sí y hacerse esclava de su Dios. Tal es el sentido profundo de la 'virginidad' de María, que más que una afirmación de un elemento físico es la total disponibilidad para su Dios. "Nada es imposible para Dios".

En el relato evangélico de la Anunciación encontramos, pues, el modelo más perfecto de la fe humana ante Dios. Con frecuencia – un poco influenciados por la iconografía que nos presenta imágenes preciosas de María, a manera de una princesa, visitada por un ángel – nos imaginamos que Dios Nuestro Señor le manifestó a esta joven de Nazaret todo su plan de salvación, con la finalidad de que ella, comprendiéndolo, lo aceptara y así colaborara con Él. No es así, ni es ésta la estructura de la fe cristiana. La fe en Dios no es la consecuencia de haber entendido lo que Él quiere de nosotros, sino al revés: es aceptar a Dios en la propia vida, de manera incondicional. Y es este fiarnos de Dios lo que nos permite ir comprendiendo a lo largo de toda la vida lo que nos sucede como expresión de la voluntad de Dios. Casi diría que sólo hasta que brilló esplendente la luz de la Resurrección, María pudo entender plenamente el misterio de su Hijo, pero entretanto ya había dado el "sí" al proyecto del Padre y se había dejado conducir por el Espíritu. Antes de acogerla en su seno, María acogió la Palabra en su corazón y en su mente y así fue hecha madre de Dios. Tal es nuestra misión y tal es nuestro modelo.

 

Don Pascual Chávez Villanueva, SDB