Día 4 - Novena María Auxiliadora

María en la Visitación (Lc 1, 39-56).

La escena del relato de la anunciación continúa inmediatamente con la visita de María a Isabel, a quien va a auxiliar en los últimos meses de embarazo. Aquí tenemos un criterio para verificar nuestro encuentro con Dios, para saber si es realmente la palabra de Dios la que hemos escuchado llamándonos por nuestro nombre y dándonos una misión: si salimos de nosotros y nos pone en camino, si vamos al encuentro de los demás, en particular de quienes más necesitados están de nuestros cuidados, y los servimos. El amor al prójimo es siempre el criterio de autenticidad de nuestro amor a Dios, según lo que escribe el autor de la Primera Carta de Juan: "A Dios nadie lo ha visto, pero si nos amamos el amor de Dios permanece en nosotros y en nosotros alcanza su plenitud" (4, 12).

Resulta fácil ilusionarse con ser creyentes, con tener fe en Dios y estar en relación con Él o porque cumplimos externamente con nuestras prácticas de piedad o porque no robamos, no matamos, o porque hemos tenido emotivas, pero ambiguas e incluso falsas, experiencias místicas. Unicamente la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive puede justificar nuestra fe. Si creemos en el Dios que se ha encarnado, en el seno de María, es claro que solamente prestando nuestro ser a Dios lo haremos realmente presente para los demás. En la visitación María nos enseña a ponernos en camino hacia los demás como consecuencia de nuestro encuentro previo con el Señor, y para seguir encontrándonos con Él.

Lucas nos da unos elementos literarios con los cuales nos permite entender mejor el mensaje. En primer lugar anticipa el encuentro de María con Isabel al presentarnos ya desde la escena de la anunciación el 'signo' dado por el Ángel a María: "Mira: también Isabel, tu pariente, en su vejez ha concebido y está ya en el sexto mes aquella que llamaban 'estéril'..." (1, 36). De este modo el evangelista clarifica también el inicio de su relato: "En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen, desposada con un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María" (1, 26-27). El hecho de que el relato de la visitación termine con la nota: "María permaneció con ella (Isabel) cerca de tres meses, y luego volvió a casa" (1, 56) lo único que quiere decir es que María le estuvo sirviendo durante los últimos meses de su gravidez, y así se hizo ella misma madre ayudando a una anciana a ser madre.

En segundo lugar, a su vez Isabel al saludar a María como "la Madre de mi Señor" vuelve a unir este relato con el anterior en que María ha aceptado ser la madre del Hijo de Dios y ha dejado al Espíritu Santo hacer posible lo imposible. Efectivamente, si el relato de la visitación se realiza – según el texto – "en aquellos días", ni es evidente el embarazo de María ni Isabel está informada de la anunciación. Para Lucas, Isabel profetiza y hace saber a la misma María que ya ha empezado a ser la Madre de su Señor.

Ya sabemos que el evangelista ha escrito estos dos primeros capítulos utilizando un género literario llamado "paralelismo", que consiste en poner en paralelo dos figuras relevantes (Juan y Jesús), haciendo ver al mismo tiempo la superioridad de una en relación con la otra. Esto explica que encontremos primero el anuncio del nacimiento de Juan y en seguida el de Jesús, el relato del nacimiento de Juan y su circuncisión y después el del Jesús, en fin, una alusión a la vida escondida de Juan antes de su ministerio y también a la de Jesús.

El relato de la visitación es el momento del encuentro no sólo de María e Isabel sino también el de Jesús y Juan, ambos en el seno de sus madres. Lo expresa Isabel: "Apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, el niño ha exultado de gozo en mi seno" (v. 44). Lucas adelanta así el encuentro de la "Voz que clama en el desierto" con la "Palabra hecha carne" y los presenta como familiares, unidos por el Espíritu. Juan lleva a su plenitud la profecía del Antiguo Testamento señalando al "más fuerte que él, al que bautiza con fuego y con Espíritu": Jesús. El encuentro de las madres juega así un papel más simbólico que histórico.

El que María se pusiera en camino no es – para el evangelista – más que la expresión de que la Virgen ha entendido el dato proporcionado por el Ángel sobre la situación de embarazo de su pariente anciana como una misión: el visitarla y servirla, el acompañarla en los últimos días de su gravidez, el hacerle presente y cercano a Dios. Tenemos aquí un criterio para verificar la autenticidad de nuestra vocación: el hacernos más sensibles a las necesidades de los demás, el sentirnos llamados a amarles sirviéndoles.

Es común afirmar que al narrar esta escena Lucas ha tenido en mente el pasaje de la vuelta del Arca de la Alianza a Jerusalén, signo de la presencia de Yahvé en medio de su pueblo, a la que David saludó exclamando: "Cómo podrá venir a mí el arca del Señor" (2 Sam 6, 9). El significado es claro: de la misma manera que Dios estaba presente entre su pueblo en el Arca que contenía la palabra de Dios, los Diez Mandamientos, María es la Nueva Arca que lleva en su vientre la Palabra. Dios se hace presente ahora a su pueblo a través de una persona: la Palabra hecha hombre en el hijo que María lleva en sus entrañas, Jesús, el "fruto bendito de su vientre".

Isabel felicita a María por ser la Madre de su Señor, esto es, por el privilegio infinito que tiene de haber sido escogida para ser la madre de Dios, pero – en línea con cuanto el mismo Jesús dirá más adelante en este mismo evangelio (cf. Lc 11, 27-28) – la felicita por su maternidad espiritual: "Bienaventurada tú que has creído que se te cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor". María es, pues, llamada bienaventurada y felicitada por su fe.

Aunque sencilla en su elaboración, la escena de la visitación no es menos elocuente para nuestra educación en la fe. En ella María nos enseña las virtudes a cultivar en la realización de la misión para poder hacer presente a Dios a quienes somos enviados. Se podrían sintetizar en cuatro grandes actitudes:

• La vocación es apostólica, no tiene sentido en sí misma sino que está siempre al servicio de la misión. Más aún, la vocación va acompañada de la misión. Esto exige hacer de la misión la razón de ser de la propia vida, para que la misma vocación pueda legitimarse. Puesto que cuando Dios nos llama está pensando más que en nosotros, como posibles colaboradores suyos, en el pueblo al que quiere salvar haciéndose cercano, visible y eficaz, es importante que asumamos a nuestros destinatarios como el otro polo sobre el que gira nuestra vida, a manera de una elipse: Dios que nos envía, de una parte, y de otra los destinatarios a quienes somos enviados. "María se puso en camino hacia la montaña y llegó con prontitud una ciudad de Judá".

 La misión es manifestar a Dios, a través de nuestro servicio porque como María también nosotros estamos llamados por vocación a "ser signos y portadores del amor de Dios". La imagen del arca de la alianza que llevaba los signos de la presencia de Dios en medio de su pueblo, encuentra ahora su plenitud en el seno de María. Es evidente que Lucas ha querido evocar esa imagen tan gráfica y elocuente. Con frecuencia confundimos la misión con el servicio, con el hacer cosas, mientras que la misión es llevar a Dios a los que Él nos ha enviado, acercarlo, hacerlo visible y presente. Por eso es que vocación y misión en el fondo se identifican. Si hiciéramos visible al Dios que nos llamó y nos envió lo normal es que nuestros destinatarios hicieran propios los sentimientos de Isabel que, en la prontitud y el gozo con que María le visita y le sirve descubre a su Dios: "¿A qué debo que la Madre de mi Señor venga a mí?".

 Hacernos familiares de Dios mientras nos hacemos prójimos de los necesitados. Será el mismo Lucas el que unirá, a través de la parábola del Buen Samaritano (10, 29-37)), el mandamiento del amor a Dios, con todo el corazón, con el alma, con todas las fuerzas, con toda la mente, y el mandamiento del amor al prójimo, como a ti mismo. No es la condición institucional de sacerdotes o de religiosos lo que nos hace prójimos de los demás, sino la compasión por los necesitados y la capacidad de servirlos lo que nos lleva a aproximarnos a ellos y a ser familiares de Dios. No puede pasar desapercibido el que sea Isabel la que diga a María: "Bienaventurada tú que has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor".

 La alabanza como oración del enviado es lo más natural en quien sabe que lo que está realizando son las maravillas de Dios. Además de hacer de la propia historia lugar de la revelación de Dios e historia de salvación, permite no olvidar las preferencias de Dios por 'los pequeños y los pobres' y la fidelidad de Dios a sus promesas. Leyendo su propia experiencia de vida María no puede sino cantar: "Mi alma glorifica al Señor".

En el encuentro de María con su pariente Isabel, inmediatamente después de la anunciación, la madre de Juan Bautista la saluda: "¡Feliz de ti que has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!", caracterizando así la actitud fundamental de María ante Dios: la obediencia de su fe.

 

Don Pascual Chávez Villanueva, SDB